08 mayo, 2015

El pecado de las cadenas internacionales


Imagínate la escena: llevas una semana en India, te hospedas en un barrio popular que no se parece a lo que anunciaban en internet ni tu hotel está tan limpio como decía booking.com. Has estado comiendo daal bhat o arroz con lentejas por días porque el chicken masala ya hizo estragos en tu sistema. El chai es delicioso pero extrañas tu americano con leche de cada mañana y no le has encontrado el encanto a los baños asiáticos, cuando a lo lejos vislumbras un anuncio que te resulta familiar: una sirena en un círculo verde y no puedes evitar sonreír, caminando hacia ella involuntariamente como si fueras un zombie. Estoy seguro que, como a muchos, te ha pasado que a lo lejos ves una gran M amarilla y piensas: "estoy hasta acá, no voy a terminar comiendo una hamburguesa doble con queso" y acto seguido estás embarrado de salsa de tomate en toda la cara. Seguro, como la mayoría de los viajeros, tienes como objetivo probar la comida local, comer lo que los locales comen y salir corriendo cada vez que ves algo que resulte remotamente familiar. Pues una cosa te digo: relájate, no tiene nada de malo entrar en ese terreno conocido, esas embajadas de casa de vez en cuando. 

Piensa una cosa: viajamos para conocer la cultura local, y a menos que viajes a una aldea del Amazonas o camines por el desierto de Atacama, entrar a un Starbucks en Perú o pedir una McTrio en Bombay no es un pecado si piensas que es también donde los locales van. Hazte a la idea de que una pequeña dosis de franquicias no acabará con tu reputación de viajero intrépido comedor de alacranes fritos. Recuerda que es parte de la experiencia gastronómica local y te da la oportunidad de ver como ligan los chamacos locales. Incluso vale la pena por el simple hecho de probar los menús de las cadenas en otros lados. Por ejemplo, yo probé hamburguesas completamente vegetarianas y flotantes de Coca-Cola con helado de vainilla en McDonalds en India y he vivido para contarlo. 



Y si no te parecen suficientes razones, piensa que generalmente las cadenas tienen WiFi gratis, baños limpios "western style", aire acondicionado y siempre puedes pedir un vaso con hielo o una botella de agua y refugiarte un rato del caos de vivir en el camino. Es más, aún cuando no me encuentro de viaje, constantemente estoy corriendo de un lado a otro de la enorme y monstruosa Ciudad de México y es frecuente que me tome un respiro en alguna cadena de café que me resulte conocida. Se me ha vuelto una costumbre y en perspectiva es genial conocer rincones cómodos y agradables en diferentes rincones de la ciudad. Ahora mismo escribo este artículo desde un sillón con un batido de moras con yogurt tamaño venti en la mesa.

Así es que no lo neguemos más, entrar a un Starbucks es como entrar a un oasis de confort y seguridad que nos hace sentir como en casa. No hace falta que lo disimules, mejor relájate. ¡Nada más no hagas que los baristas se aprendan tu nombre!

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La primera foto es la prueba de que escribo este texto desde un Starbucks. 
La segunda soy yo, terminando uno de los mejores desayunos de mi vida en un rincón de Pokhara, Nepal.



09 marzo, 2015

La verdadera historia de los trenes indios



Dicen que la máxima experiencia de estar en India, la quintaesencia de un viaje por el subcontinente, es desplazarse en tren. Sí, viajar en tren es genial y ya que uno capta algo así como el modus operandi se puede convertir en el lugar más acogedor que se puede encontrar en ese loco país. Sin embargo, viendo todo con cierta distancia ahora, a un mes de haber vuelto, periodo fundamental que necesita cualquier persona para asimilar todo lo visto, personalmente no estoy tan seguro de que ésta sea la "experiencia máxima" de viajar en India. Quizá habría que echarle una revisada a muchas otras cosas que pueden tener la capacidad de acercar al viajante mucho más a la vida diaria de un lugar, de aproximarlo más a las personas y a la cultura local.

Sin la intención de ser pesimista, creo que primero habría que pensar en la no muy corta lista de tareas que implica poder viajar en tren. Es necesario, para empezar, localizar el itinerario del tren que se necesita, por ejemplo a través de cleartrip.com o en el libro que se vende en todas las estaciones con los horarios de todos los trenes, y tener bien claro el horario que más se ajusta al itinerario deseado. Luego habría que decidir la categoría en la que se pretende viajar: 1AC, pocas veces disponible y desconocido por mi; 2AC, convenientemente con poca gente en cada vagón y cortinas en cada litera; 3AC, cómodo y siempre lleno de turistas y clasemedieros indios, con ocho pasajeros por cabina. Si se trata de un viaje nocturno habrá sábanas más limpias que las de cualquier hotel y una cobija que estuve a punto de robarme de lo buena que era; SLEEPER, también con ocho lugares por cabina sin que las literas puedan convertirse en asientos, generalmente disponible en los viajes nocturnos. CHAIR CAR, muy pocas veces disponible, prácticamente solo en traslados entre el llamado "triángulo dorado" entre Delhi, Jaipur y Agra. Algo más caro para ser solo un asiento tipo autobus pero que vale la pena pues incluye el servicio a bordo de lunch, té, comida y bebidas. Nada mal. Y finalmente GENERAL, es decir, sin asientos asignados, sin aire acondicionado, sin sábanas y muy probablemente con mucha, mucha gente aplastada.

Si la suerte continúa a favor y se logró encontrar asientos vacantes en el trayecto, horario y categoría deseados lo más aconsejable es cruzar todos los dedos disponibles para que no se agoten antes de poder concluir con la compra. Después, yo creo que lo más sensato sería localizar una estación que cuenta con ventanilla especial para turistas, si uno gusta de facilitarse la vida, en dónde se podrá realizar la compra con la mayor de las tranquilidades; uno también puede hacer una larga, larga fila en las ventanillas regulares en donde probablemente no entiendan lo que uno quiere decir o, si no queda otra opción, arriesgarse a comprar el boleto con un agente de viajes o con el encargado del hotel, sabiendo que probablemente cualquiera de ellos tratará de verle a uno la cara. Ya que se tiene el boleto comprado, hay que asegurarse que el asiento aparece como CONFIRMADO (CFRM) y no en "Reservation against cancellation (RAC)" o, peor aun, en "waiting list (WL)". Si no queda más que la última opción, sería prudente procurar que no sean más allá de cinco o diez números en espera, si no se quiere acabar con los nervios de punta y las uñas todas mordidas a la espera de conseguir un numero confirmado.



El día del viaje se necesita estar en la estación a la hora adecuada, es decir al menos media hora antes, revisar que el tren no se haya retrasado y encontrar el anden correcto. Después, localizar el vagón o coach que aparece en el boleto y el punto de la plataforma o andén en el que se va a detener. Esperar. Comprar un chai del stand oficial de la Indian Railway Company por cinco rupias y esperar un poco más. Si se viaja de día no habrá que preocuparse por la comida, siempre aparecen vendedores dentro de los vagones. Menos habrá que preocuparse por el pani (agua) o el omnipresente chai. Pero si se viaja de noche lo mejor será llevar el alimento propio que se puede adquirir en muchos establecimientos oficiales (y no tanto), dentro y fuera de la estación, cuidando que al trasladarlo no se derrame porque ese curry no sale tan fácil de la ropa y en la mochila probablemente queda poca limpia. Cuando el tren llegue al andén es indispensable subir al vagón correcto y localizar el lugar exacto, teniendo cuidado de no errar en la categoría ya que normalmente no es posible deambular entre una y otra por dentro del tren. En este punto hay que rogar al karma que el asiento no esté ocupado por una familia de indios (sí, porque son de India) que pagaron tres boletos y viajaron ocho, con dos maletas cada uno en el mejor de los casos. Si es así, uno puede colocar su mochila debajo del asiento que tenga espacio y sujetarla con una cadena a algún punto fijo, descalzarse y esconder los zapatos en algún rincón para disponerse a descansar por el resto del trayecto, recostado en la litera, siempre y cuando se haya tenido todavía un poco más de suerte y se cuenta con la litera del medio o de la parte más alta, siendo ésta última la favorita de la mayoría de los viajeros experimentados. Si no fue éste el caso y se cuenta con la litera más baja es probable que se deba pasar el resto del viaje sentado, compartiendo la banca con más personas de las que apropiadamente debieran, que más que molestarse, responden con una cara de extrañeza, seguida de una sonrisa, cuando se les solicita que busquen su lugar correspondiente, señalándoles insistentemente que ese lugar está pagado y asignado. Llegado a ese punto, se corre el riesgo de que aquellos con los que se comparte el espacio personal dejarán de ser desconocidos y se convertirán en buenos compañeros de viaje, de esos que uno hace por montones cuando se está vagando por el mundo y que son la felicidad más grande en el camino. También se corre el riesgo de que el tren se detenga a la mitad de la nada y se retrase horas y más horas, tiempo que uno aprovechará para conocer gente, platicar, tomarse fotos y fumarse uno que otro beedie. Son altas las posibilidades de que ellos mismos alcancen el título de amigo y que al volver a casa, semanas adelante, uno pueda seguir en contacto con ellos por medios electrocaligráficos. O ¿por qué no? hasta se puedan unir uno que otro destino.

Pensándolo bien, no se sí viajar en tren sea la experiencia por excelencia, pero sí sé que es una de las mejores cosas que uno podría hacer, y sobre todo, el mejor modo de transportarse en India. Ya hasta estoy extrañándolo.

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La primera foto es de uno de los trenes más famosos de India, el Darjeeling Himalayan Railway o "Toy train" que fue construido en el siglo XIX, con máquina de vapor y que actualmente sigue funcionando. Una maravilla. 

La segunda es una típica aglomeración de indios. En este caso es frente al amanecer en la Colina del Tigre, a las afueras de Darjeeling. Todo un espectáculo de colores en el cielo. 

25 febrero, 2015

Del slow travel, downshifting y otros inventos modernos que sí me gustan.


En este mundo posmoderno la vida corre cada vez más rápido, nos cuesta más caro y todo parecería que dura menos. Las cosas, los días, se van volviendo cada vez más desechables y ya no hay tiempo para saborear el momento. Ya ni hay tiempo para el ocio y hasta parecería que la vida se nos escurre entre los dedos. Yo no sé a que se deba tal desesperación por hacer todo al mismo tiempo, por morder más de lo que se puede masticar con el afán de acabarse la manzana más pronto. Tampoco se en que momento se derramó el vaso, ni mucho menos cuál fue la gota que lo hizo. Lo que sí se, y estoy bastante seguro además, es que no estoy de acuerdo. No me gusta y no lo quiero para mí ni para los hijos que aún no tengo. Ahora trato de imaginar hacía donde irá el mundo y cómo será en diez o quince años y la mera verdad, no me gusta lo que veo. Pero tampoco sospecho una forma de detenerlo.

Sin embargo no todo está perdido. Surfeando el submundo de lo virtual, recientemente me topé con que existen movimientos como el Slow food International, el Slow movement y otros varios inventos que responden a la vorágine actual. Son una especie de oasis de la "lentitud" donde uno puede refugiarse, al menos mentalmente, de ser atropellado por la vida globalizada. La morfina del mundo que, aunque existe en muchas diversas caras, corrientes, iniciativas, movimientos y versiones, yo creo que todo va hacia el mismo lado: bajarle al acelere.

Dentro de ese universo -ahora casi infinito gracias a la (¿absurda?) idea de siempre tratar de ser diferente e indie -  de movimientos a favor de la falta de prisa, he encontrado el Slow Travel o lo que podría llamar "viajar con calma". Frecuentemente me he topado con agencias de viajes que ofrecen "Europa mágica en 12 días" o "Verano en Asia en 10 días". Y yo me pregunto ¿cómo será que las personas que contratan esos servicios piensan que conocerán todos esos países en tan poco tiempo? ¿Pensarán que de verdad van a tener la más mínima impresión de cada lugar? Afortunadamente todavía se pueden encontrar personas como John, a quien recientemente conocí. Un enorme inglés con acento americano que llevaba un mes, o quizá para estas fechas dos, viviendo en una pequeña y sencillísima pero impecable casa de huéspedes a la orilla del desierto de Thar, en Rajastán. En la casa de Badal, en un pueblo llamado Khuri, la vida es simple, el agua poca y la comida suficiente. Y no hay nada que hacer. Nada si pensamos en los estándares urbanos modernos, claro. Se puede ir a dar largas caminatas por las dunas, leer bajo el sol o echarse una siesta tras otra en la azotea de la casa en dónde no hay ni una silla. Y nadie juzga a nadie; nadie piensa que uno es el más holgazán. Eso es el maravilloso arte del Dolce Far Niente que tanto admiro de los italianos. Eso es el slow travel.


Sin embargo, al mismo tiempo pienso que este tipo de tours están hechos a la medida del esquema actual de éxito personal/profesional que tan fehacientemente tratan de inculcarnos. Esa idea prefabricada de "vida exitosa" en dónde está grabado en piedra que lo que uno debe hacer es trabajar de sol a sol, de lunes a viernes, comprarse miles de cosas que no necesita, guardarlas por siglos en los cajones, y volver a hacer espacio en las paredes para poder seguir comprando los fines de semana. La cosa es cómo escapar de ella; encontrar la manera de "no ser exitoso".

También está el downshifting. Este movimiento (si es que puede llamarse así) comenzó alrededor de la década de los ochentas en Estados Unidos y se trata de buscar restarle estres a la vida. Ahora sí que como dijo Balloo, buscar lo más vital nomás. Tratar de encontrar el balance entre el trabajo y el resto de las actividades en la vida. ¿Quién no ha babeado ante el sueño de dejarlo todo e irse a vivir a la playa? Pues esa es la muy hippie idea del downshift

En fin, si lo que buscamos es encontrar pretextos para bajarle tres rayas a la velocidad, hay de donde agarrarse. Y pues para terminar les dejo una pregunta ¿vale la pena sacrificar todo, tiempo, esfuerzo, familia, las cosas que nos llenan y nos hacen realmente felices para ganar dinero, tener más cosas que no necesitamos? Creo que no para mí. Y como dijo el gran John Muir hace más de cien años, "miles de personas agotadas, con los nervios de punta, sobre civilizadas, se están dando cuenta que ir a las montañas es volver a casa".

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La primera fotografía representa las lecciones que la vida nos da. En este caso a escasos diez minutos de llegar a Agra, el tren se detuvo cerca de tres horas. 

La segunda fotografía es cuando nos abandonamos al slow travel y nos quedamos en Pokhara muchos más días de lo planeado, descansando, disfrutando. Aquí Diana descansando sobre el lago Phewa. 

Las cinco reglas para comer comida callejera, sin morir en el intento.

Ya sea se viaje, tratando de estirar nuestro presupuesto lo más posible, o de regreso en la ciudad también tratando de extender la quincena al máximo, o quizá ahorrando para el siguiente viaje, siempre estamos buscando la manera de recortar nuestros gastos al mínimo. La vida urbana, (o como decía John Muir, sobrecivilizada) nos deja poco tiempo, y muchas veces energía, para cocinar en casa, así que cada vez somos más los que terminamos comiendo fuera. Cada día escuchó más casos de personas que gastan mucho o todo su dinero comiendo en restaurantes diariamente. Pero aceptémoslo, todos sabemos que la comida callejera es la más barata y, en mi opinión, la mejor. Un buen porcentaje de esos asiduos parroquianos de las fondas piensan que la comida callejera es peligrosa, que se pueden enfermar, y prefieren gastar esa plata en alimentación costosa, cuando en realidad se les hace agua la boca cada vez que pasan junto al puesto de carnitas o de gorditas de chicharrón.  Porque otra verdad es que ¿a quien no le gusta comer fuera, en la calle?  La mejor comida siempre será la callejera, en México o en China.

¿Y qué decir de cuando uno está de viaje? si yo no fuera tan fanático de los puestos de comida, probablemente no habría tenido la fortuna de probar uno de los mejores omelettes de India, ni de conocer la maravillosa historia del Omelette Man. Y pues sí, siempre existe el riesgo de contraer algún bicho polizón, sobre todo cuando uno está de viaje, pero para eso les voy a decir mis cinco reglas de oro para comer en la calle y no morir de un calambre estomacal. 

1. Busco siempre los lugares con más gente. Los locales nunca se van a equivocar. Piénsenlo un poco, si ustedes fueran a comer tacos al puesto frente a la oficina y se enfermaran, ¿volverían al día siguiente? ¿los recomendarían al colega de la oficina de junto? ¡Obviamente no! Sigan a la multitud.

2. Siempre que sea posible, pido aquello que tenga que ser preparado al momento, a la vista de los clientes. Eso evita que me sirvan la horrible comida oreada de las vitrinas o la que tienen ahí ya preparada bajo la mesa. Una buena alternativa para esto es pedir aquello que pueda ser frito de nuevo. No hay bicho que sobreviva a un aceite a 60 grados. 

3. Cuando compro frutas y/o verduras, especialmente cuando estoy de viaje, solamente elijo aquellas que tengan una cáscara que pueda pelar yo mismo, como plátanos, naranjas, mandarinas; o que pelen al momento, como la papaya, mango, jícama, etc. Así evito que las laven con agua-puerca.

4. Siempre prefiero pedir aquello que necesita ser hervido, asado, pasado por aceite (sí señor, a pesar de los triglicéridos) o algo similar. De nuevo el mismo principio, los mugrosos bicharrajos no sobrevivirán a esas temperaturas.

5. No es nada que las abuelitas no nos dijeran, pero procuro no comer mariscos si no estoy en la costa o cerca de un cuerpo de agua ya sea río o lago, a menos que la ciudad o el lugar sea famoso por ese tipo de comida, por ejemplo las empanadas que venden en el Mercado de Pescado de la Nueva Viga. Uff...



Ya decir que busco el lugar más limpio esta un poco de más porque es algo muy relativo, eso y procurar lavarse las manos o cuando menos usar desinfectante en alcohol. Así que ya saben como disfrutar de la mejor y más barata comida del mundo sin sufrir ninguna consecuencia. 
Y como decía Julia Child, Bon Apetit!

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La primera foto es de un puesto de jugo de caña exprimido al momento, en India. La segunda es un pez recién atrapado en la Isla Holbox. 


14 febrero, 2015

La fantástica historia del Omelette Man


Recientemente mi novia y yo regresamos a la vida citadina después de un largo y fantástico viaje de casi tres meses por el norte de India y Nepal. Dejando a un lado la terrorífica idea de volver a la rutinaria vida que impone habitar una de las ciudades más grandes del mundo, sobre lo que quizá escriba más adelante, hemos ido asimilando poco a poco las experiencias, a la gente y todo lo aprendido. Realmente, a menos que se viaje por tiempo casi o totalmente ilimitado, por más que uno trate de llevarla con calma, creo que es difícil tener el tiempo suficiente para ir digiriendo cada momento. Para nosotros eran tantas las cosas que aparecían frente a nuestros ojos, sobre todo en una cultura tan alejada de la mexicana, que era como recibir más emails en la bandeja de entrada de los que podíamos ir leyendo. Sin embargo, después de algunos días de viaje uno siempre cambia de ritmo mental, (en mi caso siempre se me bajan las revoluciones para bien) y comienza a ver un poco más allá de los letreros de hoteles, toilets y souvenirs. Creo que es el momento en el que uno comienza a igualar la cadencia de los días propios con los de la vida local, cuando estamos realmente en armonía con el lugar; cuando empieza el verdadero viaje. 

Conforme nuestro viaje avanzaba hubo varios tópicos que iban saltando a nuestros ojos. La forma de ser la gente, su percepción del espacio personal (o no)  y la manera de comer, por ejemplo. Pero hubo algo que nos llamó mucho la atención y fue el impacto de las guías de viajes en la vida de la gente ordinaria. No la gente que viaja, sino de aquella que permanece sedentaria, viviendo su vida con normalidad. Las personas que viven de los que se mantienen en movimiento. 

En varias ocasiones a lo largo de nuestro viaje, mi novia y yo decidíamos explorar áreas no tan turísticas, después de visitar los must-see, (ja!), y adentrarnos en barrios locales para ver la vida real, no la prefabricada para turistas. Para mi significaba una cosa: probar la comida real, callejera. Comer ahí dónde los meseros que atienden los restaurantes turísticos comen. Ahí es donde está la buena comida. Nuestro modus operandi era buscar puestuchos o locales que tuvieran gente, una de las reglas de la comida callejera, antes de buscar algún sitio recomendado en la guía. Preferíamos tener que elegir nuestra comida de un menú que no entendíamos, (pero que aprendimos a descifrar con el tiempo) o señalando los platos de las mesas vecinas, antes de llegar a un lugar que tuviera hambruguesas y pasas fritas; o peor aún "mexican food" consistente en nachos no muy crujientes con queso frío. Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos, en no pocas de esas exploraciones lejos de los letreros en inglés, turist information booths y latosos caza clientes, nos encontrábamos perdidos en un mundo de gente ocupada y que casi no hablaba inglés, con un hambre tremenda después de caminar cuatro o cinco horas y sin ningún buen lugar para comer a la vista. Era entonces cuando recurríamos a nuestra obesa Lonely Planet.

Pero ahí estaba lo interesante. Cada que atinábamos a localizar uno de los lugares que aparecían en la guía, descubríamos que estaba lleno de extranjeros, puros mochileros como nosotros. Frecuentemente se trataba de diminutos lugares con unas pocas mesas, o sin mesas en absoluto, con las paredes llenas de firmas, fotografías o banderitas de todos los visitantes y con un producto o platillo estrella que se servía uno tras otro. Muchas veces estos negocios eran llevados por la familia completa y comúnmente estaban a reventar o incluso había fila para entrar. Eso sí, en nueve de cada diez recomendaciones la comida era excelente.

Lo primero que saltaba a la vista era que a las familias que llevaban estos negocios no les iba tan mal. No tenían ropas tan sucias y su aspecto era más aseado. ¡Incluso algunos estaban panzones! signo inequívoco de prosperidad en India. Entonces fue que nos empezamos a dar cuenta de la influencia y la importancia que puede tener un libro para la gente local, más allá del peso que tiene en los viajeros y su experiencia. Más interesante aún si pensamos que se trata generalmente de libros que fueron publicados en otro país, y que muchas veces ni siquiera entienden porque están escritos en otro idioma. Asombrados por este fenómeno comenzamos a preguntar a los que nos atendían cual era su historia.



Así, nos topamos con cafesuchos oscuros y lúgubres que vendían solamente café y los mejores pasteles caseros de Kathmandú, locales diminutos pintados totalmente de azul, con paredes tapizadas de rostros asiáticos, que preparaban los Lassis más atiborrados de fruta (¡y deliciosos!) de India, o con los mejores Thalis y absolutamente el mejor servicio que el subcontinenete nos pudo ofrecer. Hasta que un día, junto al mercado de Sadar, en Jodhpur, que nos tropezamos con el Omelette Man sin saber que era toda una celebridad entre los viajeros.

El dueño de la Omelette Shop empezó en 1974, según nos contó mientras leíamos recortes de periódicos y desayunábamos sus deliciosas creaciones, con un puesto que vendía todo tipo de alimentos. Arroces, fideos fritos o chowmein, sandwiches y, entre todas las opciones, omelettes de huevo. "No vendía más allá de lo normal para uno de esos puestos de comida", nos dijo. "Hasta que un buen día, en 1999, vino un hombre de Lonely Planet, probó mi omelette y le encantó, y así fue como en la siguiente edición de la su guía de India aparecía mi tienda pero especialmente recomendaba mis omelettes. Poco a poco la gente fue llegando y solo ordenaban eso: huevos revueltos, ninguna otra cosa de mi menú, así que con el tiempo fui dejando de vender lo demás. Ahora vendo más de 1500 huevos al día." continuó platicándonos el hombre, parado junto a su tienda que no es más allá de una estufa de fierro con espacio para un sartén, algunos trastos de cocina viejos, unos pocos bancos y pilas y pilas de cartones de huevo. Según siguió la historia, en ese entonces no tenía más que una sola opción de omelette, ahora tiene toda una carta llena de opciones, entre ellas diferentes recetas de masala cheese, distintos tipos de pan y un clientela infinita. Cuando le preguntamos si recordaba al dude de LP nos contestó que no, que jamás supo quien había sido pero que "es la persona con la que más agradecido está en la vida, después de Dios." Ahora lleva el lugar junto con su hijo, es de las personas más famosas de la ciudad, ha salido en innumerables periódicos y revistas locales y programas de televisión, y la gente de los hoteles le pregunta que como le hizo o a quien le pagó para tener tanto éxito. Cuenta con cuadernos en los que los que tenemos la suerte de probar sus creaciones dejamos pequeñas (o no tan pequeñas) notas. De hecho llena uno cada tres meses. Incluso ha expandido el negocio y ahora tiene, ahí junto a las pilas de huevos, una agencia de viajes que "va bien, poco a poco", según nos contó. Lo más curioso de todo es que desde hace varios años, él y su esposa se han vuelto vegetarianos y no consumen huevo. "Recuerdo que mi omelette era bueno, pero ahora ya no lo sé, mi hijo es el que se encarga de eso" dijo sonriendo, al tiempo que nos despedíamos y tomábamos una foto.

La experiencia con este amabilísimo y siempre sonriente hombre nos hizo pensar en cómo es que la recomendación de una guía sobre un restaurante u otro, sobre cierto lugar u otro puede afectar seriamente el flujo de turismo, pero sobre todo tiene el pode de cambiar la vida de la gente. Quizá cuando compramos y usamos una guía en un viaje no tomamos en cuenta la huella que podemos dejar, a pesar de no ir en grandes autobuses con grupos de 40 personas. No se si esto sea algo bueno o malo, y tampoco critico el uso de las guías de viajes, en muchas ocasiones incluso nos salvó el día, solamente creo que es bueno ser consciente de la marca que uno puede dejar en cada lugar cuando viaja. Al final podríamos estar ayudando a cambiar la vida de una persona y de una familia completa.

¿Conocen a alguien a quien las guías de viaje hayan cambiado su vida? ¿Alguna opinión sobre viajar con o sin guía?

La primera foto es Diana con el Omelette Man, la segunda el mejor Thali que probamos en todo el viaje, y lo mejor de todo es que ¡era de relleno ilimitado! Les dejó este video para que echen un ojo a la tienda del Omelette Man.