17 octubre, 2014

Holbox con bajo presupuesto, primera parte



Hace apenas unos días, mi novia y yo volvimos de una increíble semana en una isla en el caribe mexicano. Si, así de chingón como suena. Y no es precisamente que seamos el yerno de Carlitos Slim y la nuera del Chapo Guzmán, simplemente se trata de Holbox, una isla poblada cerca de las costas de Cancún que, para mí, es un edén. Si ya te imaginaste tus siguientes vacaciones desparramado en una hamaca frente a un mar azul turquesa, flamingos a lo lejos, pizzas de langosta y poca gente a tu alrededor, esta isla te va a atrapar. Y para que puedan disfrutar de sus encantos, aquí les dejo la mejor -y más realista- guía que podrían encontrar para vivir una semana completa de ensueño, gastando menos de lo que cuesta el nuevo smartphone de moda (sin mencionar que ni lo van a necesitar allá).


Cómo llegar
Holbox se encuentra, más o menos, a 55 kilómetros de la turistosa ciudad de Cancún. Para llegar desde el DF hay que tomar varios transportes. Primero un vuelo a la ciudad de Cancún, en donde si llevan un presupuesto ajustado no querrán pasar ni una mañana desayunando así que les recomiendo tomar el primer vuelo del día. Volaris tiene salidas casi diario desde las 7:00 am, y si se ponen abusados pueden encontrar vuelos en ofertas hasta por el 70% de descuento.

Llegando al aeropuerto de la soleada ciudad deberán buscar un mostrador de ADO y preguntar por las corridas para la Terminal de Autobuses de Cancún, también de ADO. Hay salidas cada media hora, cuesta $62 pesos mexicanos y el trayecto es aproximadamente de 40 minutos. Muy leve. Llegando a la Terminal, en el mostrador de "Autobuses Mayab" deberán preguntar por los camiones hacia el pueblo de Chiquilá. Las salidas más cómodas son la de las 10:25 y la de las 12:50. Para esta hora ya deberán estar bastante hambrientos, así que les suiero ampliamente que se den una vuelta a los carritos estacionados justo afuera de la terminal. De a 10 pesitos, encontrarán una buena variedad de tacos de guisados quintanarroenses bastante buenos. ¿Mi recomendación? el de chile relleno y el de machaca. Volviendo al transporte, tomen el camión a Chiquilá por $108 pesos, y acomódense un rato porque el trayecto dura cerca de 3 horas, aunque es un tramo amigable con los que quieran dormir. Como todas las carreteras en la península, hay muy pocas curvas pronunciadas, lo que permite al chilango promedio alcanzar el nivel de "ay wey, que rápido llegamos".  

Ya que estén en Chiquilá, lo primero que deberán hacer es ignorar a todos los lancheros que les ofrecerán "pasarlos a la isla". Por un lado porque eso suena a que los están llevando a un lugar ilegal, en segundo porque les querrán cobrar una lana por el viaje particular, y tercero porque justo a un lado, sobre el muelle, encontrarán los ferries que los llevarán a la isla por menos dinero. Las tres empresas que hay tienen los mismos costos e itinerarios: desde las 6:00 am y hasta las 9:00 pm, cada hora. Así, por $180 pesotes habrán adquirido el viaje redondo y estarán pisando Holbox en 25 minutos más. A partir de este momento no olviden untarse protector solar cada que se acuerden y repelente de moscos el doble de veces. 

Llegando a la Isla
Ya en la Isla casi toda la civilización esta a distancia de caminar, así que no se dejen llevar por los curiosos taxis: los Hol-Car. Carritos de golf pintados de amarillo y adaptados para llevar gente a través de las calles de arena del pueblo. Si el sol los intimida, ármense de valor y no teman, desde el puerto donde embarca el ferry se puede llegar a la plaza central en menos de 15 minutos a pie. Serán unas 5 o 6 cuadras, y el mar a unas 8.



Dónde dormir 
Alrededor de la plaza central de la isla podrán encontrar varios y muy diversos lugares donde dormir. Desde unos cuantos cuartos en renta hasta habitaciones en el tercer piso del que yo creo es el edificio más alto de la isla, con tres pisos. Desde dormitorios compartidos hasta habitaciones con baño privado, aunque es de esperarse la misma gama de precios. También hay varios hoteles en lo que podríamos llamar "las afueras" del pueblo, quizá con playas más tranquilas pero la mayoría son más lujosillos y los precios pueden llegar hasta los $9,000 pesos por habitación. Yo les recomiendo que busquen en la sección intermedia, ni tan lejos ni tan cerca. Tomen en cuenta que aquellos hoteles que tengan vista al mar serán más caros, pero la playa siempre estará a tiro de piedra del resto. Como recomendación echen un ojo al Hostal Tribu, o a las Villas El Encanto, éste último lugar es donde nosotros nos hospedamos y puedo decir que fue ideal. Habitación privada para dos, con baño compartido, en la plaza central y a tres cuadras de la playa por tan solo $350 pesos la noche. ¿Nada mal no? Lo único gacho: las noches de karaoke en el bar Viva Zapata que está justo a un lado, pero nada que no resuelvan un par de buenos (e indispensables) tapones para los oídos. Y no olviden que los precios en todos los hoteles están establecidos dependiendo de la temporada: alta, media o baja.



Por ahora ya saben como llegar y dónde dormir, los básicos. Ya pueden empezar a planear el siguiente puente, pero esperen la segunda parte de esta mini guía porque viene lo mejor: la comida, que incluye pizzas de langosta, empanadas de raya y los mejores chilaquiles que he comido en los últimos años. 

Las fotos son algunas de las que tomé con una Canon AE-1, usando un rollo ISO100 forzado a 400. 





12 octubre, 2014

El Ocio



El ocio. Siempre he sido una persona amante del ocio, lo busco, me gusta tener tiempo para él. Siempre he pensado que las cosas más increíbles y asombrosas de la historia de la humanidad son producto de gente ociosa. Ah! pero ¿cómo puede la ociosidad ser algo bueno? dirán las abuelitas. A lo largo de la historia muchos inventores, filósofos, artistas, escritores y demás personas increíbles han podido sentarse, en tranquilidad, y ponerse a pensar sobre grandes cuestiones cómo el significado de la vida y cosas por el estilo. Otros se han preguntado si Dios existe o han creado nuevas corrientes de pensamiento. Y todo gracias a que tuvieron el tiempo libre suficiente para ponerse a pensar. Algo que el trabajo no siempre permite. Y es que como dijo Thoreau, actualmente el trabajo está altamente sobrevalorado a tal grado que aquel que, ante los ojos de los "workoholics" no está haciendo nada, es un inútil bueno-para-nada. Yo no lo veo así. El ocio permite reflexionar, pensar lo que uno quiere y hacia donde quiere ir. Nos da paz mental y hace liviana la vida. Sin embargo, el ocio frecuentemente está mal entendido. Eso que los italianos genialmente llaman Il Dolce Far Niente, "lo dulce de no hacer nada", es una cosa muy escurridiza. 
En mi experiencia he encontrado que tener tiempo para "ser ocioso" resulta altamente beneficioso para la mente y para el espíritu, en el sentido en el que uno tiene las mejores ideas, encuentra las respuestas más acertadas o nacen los mejores proyectos cuando uno ha dejado de hacer sus tareas obligatorias y ha satisfecho sus necesidades más básicas. Tener tiempo libre, digamos, para entrar en la clasificación del ocio que se tiene en esta era posmoderna.
En fin, que pienso que un mundo ideal debería balancearse el trabajo físico/laboral con el trabajo espiritual y el tiempo libre de forma equitativa. Sería, desde mi punto de vista, la única forma de ser seres humanos plenos. Pero eso es solo lo que yo pienso. 

La foto es una pintura del inglés J.W.Godward que representa fenomenalmente el arte de no hacer nada y que me pareció perfecta para ilustrar este post. 

03 septiembre, 2014

Tarde chocolatosa

En estos días supuestamente veraniegos ya no se sabe si hará calor, fresco, lluvia torrencial o un solazo digno de un acapulcazo en la azotea con chelas un todo. Dicen que es el cambio climático el culpable de que el clima sea cada vez menos predecible, otros dicen que siempre ha sido así en la gigantesca Ciudad de México que cada vez parece menos ciudad y más un monstruo devora personas. De pronto me parece que esta megalópolis, desconozco si es el caso de todas, nos va chupando poco a poco, dejándonos escasos de eso que quien sabe como se llame, pero que nos hace empáticos unos con otros, que nos hace más humanos y menos máquinas. Cada día me encuentro con personas menos sensibles al mundo, o para no ir tan lejos, al entorno en el que viven. Y ni hablar de la naturaleza real, no la que se ve en la televisión. Leí hace poco que lo que nos hace diferentes de los animales, en opinión del columnista, es que tenemos la necesidad de cubrirnos el cuerpo. Esto es raro porque seríamos, en ese caso, el único animal que no está adaptado para vivir en su entorno. Otros dicen que es la capacidad de prever el futuro y tomar precauciones nuestro bonus en la evolución. Yo no soy ningún científico y no se si existan varias características que nos separen de nuestros amigos primates, pero me parece que algo que es clarísimo es que somos los únicos que creemos que podemos dominar el planeta, que estamos más allá de la naturaleza y que estamos "destinados" a aprovecharla. Para mi no hay mentira más grande. 
La verdad pienso que esas personas que creen que solo porque pueden matar un animal de una balazo, o pueden usar cualquier recurso natural para lucrar, son realmente cortos de pensamiento. No se dan cuenta que eso que según ellos controlan es parte de ellos mismos, y que ellos son parte de ella. Nadie escapa a la naturaleza, ni la controla, ni la domina. Cuando nacemos, en este mundo globalizado y tecnificado, somos virtualmente arrancados de el lugar al que verdaderamente pertenecemos. Como un cachorro separado de su madre al nacer. Crecemos huérfanos, sin orientación y desamparados, aprendiendo lo que podemos en el camino. Llega un momento en el que somos incapaces de proveernos de nuestros propios alimentos si no es a través de una cadena de producción. Desconocemos como satisfacer nuestras necesidades más básicas si no es a través de una tienda y con dinero. Incluso hemos olvidado los placeres más grandes de la vida. No hay nada que se compare, desde mi punto de vista, con pasar una tarde sentado tomando el fresco, viendo el atardecer sin hacer nada en específico, por poner un ejemplo. Ahora cualquier diría que es una pérdida de tiempo.
Sin embargo, habemos (y aquí si me incluyo, por fortuna) algunos que desde pequeños buscamos reencontrarnos, a nuestra particular manera y ritmo, con esa parte que nos fue robada. Para algunos es rescatar animales teporochos de la calle, para otros salir a hacer picnics. Para mí, una de las muchas formas de sentirme vivo es cocinar. El ancestral arte de transformar ingredientes sencillos en maravillas. Cocinar nos hace humanos, escuché recientemente en este genial video, y no podría estar más de acuerdo. Por esa razón, de vez en cuando me gusta preparar algunas delicias sin mayor motivo que el disfrute de una lluviosa tarde capitalina. Y es así como hoy terminé sin salir de casa, preparando estas chuladas: Molten Chocolate Soufflé.. o lo que es lo mismo souflés de chocolate fundido. La receta la obtuve de esta increíble página web llamada ChefSteps.com, fácil y rápida. ¿Y pues que les puedo decir sobre los soufflés? Tienen una parte esponjosa y consistente en la parte que sobresale del ramekin o molde cerámico, pero una sorprendente textura cremosa, suave y ligera al interior. Hasta me viene a la mente ese término muy uyuyuy que luego uno lee en los libros: una textura aterciopelada en la lengua. El chiste es que les aseguro que se les va a derretir en la boca. 
No queda más que disfrutar de estas delicias con un buen vaso de leche fría y unas cuantas galletas para chopearlas en el chocolate derretido del interior, mientras veo una película y escucho como cae la lluvia del otro lado de la ventana. 








20 agosto, 2014

Nada es para siempre

Siddartha Gautama alguna vez dijo que nada es permanente. Todo está en constante cambio, y así el Glouton también cambia. Así es, señoras y señores, damas y caballeros, niños y niñas. Es esa necesidad de compartir experiencias que me recuerdan que estar vivo es increíble, esa necesidad que me persigue todo el tiempo, lo que me lleva a hacer este cambio. Siempre me ha gustado ver el mundo, conocer otras personas, probar otros sabores, experimentar otros olores. Buscarme a mí mismo una vez más para perderme de nuevo.

De vez en cuando me veo obligado a decidir que es lo que más me gusta hacer y no sé que responder. Quizá porque me gustan demasiadas cosas como para tener que dejar de lado algunas para decidir sobre una sola. Pero si tuviera que elegir las, digamos, cinco cosas que más me llenan diría que se trata de viajar, cocinar (¡junto con comer lo que se cocina!), leer, estar al aire libre en la naturaleza, y crear y construir cosas, de cualquier tipo, funcionales o no. Y así es como he estado meditando sobre este espacio que en un rato de "creatividad" comencé a llamar El Glouton. Una especie de alter ego mío que, como ese buen invento J.K.Rowilingiano que muchos quisiéramos tener llamado Pensieve, sirviera como desahogo de ideas que cruzan por mi mente y aprovechara para que otros lo leyeran e, idealmente, comentaran o aportaran al respecto. Al principio decidí orientarlo a temas de cocina dado que se trata de una me mis mayores aficiones. Sin embargo muchas veces me topé con ideas que no encajaban aquí y que desafortunadamente tuvieron que ser desechadas o guardadas en un cajón. Así es como he llegado a la conclusión de que este espacio no tiene porque ser limitado o al menos no lo quiero así. ¡Es como tratar de limitar mi propia mente!

Viajar abre la mente, dicen, pero también cura heridas, abre los ojos, expande el horizonte y libera el estrés. Viajar es felicidad. Por eso me voy de viaje, largo, tendido, sin prisa. Dejar mi casa, mis cosas, mis amigos, mi barrio, mi familia puede dar miedo, pero una vez que se da el primer paso, uno ya no quiere volver, jamás. Viajar te cambia. Así que este espacio que originalmente estaba destinado a una de mis pasiones, la comida, tiene que cambiar también. Y el cambio es bueno, hay que expandir los horizontes, así que de ahora en adelante escribiré sobre todo aquello que vale la pena en la vida. Viajar, comer, amar. Vivir. No se el nombre que tendrá ahora el blog, algo más adecuado tendrá que ser. Pero no se preocupen, el Glouton siempre será el Glouton. 

09 agosto, 2014

El hombre más miserable del mundo.

¿Qué pensarías tú de un hombre que al final de su vida declara que el día más feliz de su existencia había sido el de una comida? ¿Es que no hay alegrías más grandes en la vida de un hombre? ¿No es señal de una vida miserable? ¿No debería avergonzarme? Sin embargo, te aseguro que cada vez que lo pienso, ése es el recuerdo que sobresale. Me acuerdo de todo. Hubo un risotto de marisco que se deshacía en la boca. Tu Giuseppina llevaba un vestido azul celeste. Estaba preciosa y no paraba de ir y venir entre la mesa y la cocina. Me acuerdo de ti sudando en el horno como un trabajador en la mina. Y del pescado crepitando en la parrilla. Ya ves. Después de toda una vida, ése es el recuerdo más hermosos de todos. ¿No me convierte eso en el hombre más miserable del mundo?
El párrafo anterior es un fragmento que me encontré en el libro de Laurent Gaudé, que leo actualmente, "El sol de los Scorta". Se las comparto porque es una idea con la identifico y quizá ustedes también. Me gustó porque yo creo que habla entre líneas, de una forma diferente de ver la vida con la que coincido. Aunque  la cita habla de un banquete muy al estilo italiano, me hizo pensar en los recuerdos más valiosos, esos que no se olvidan jamás. Creo sinceramente que el secreto de la vida está en las cosas simples, en los pequeños detalles, en las cosas que muchas personas no ven. Un café por la mañana, un buen bocado de pastel de tres chocolates, el olor de una fogata. Todo tiene algo, una cara escondida, y yo trato de atraparlos en un dibujo o una fotografía y cuando no tengo alguno de éstos a la mano, un recuerdo. Pero incluso cuando logro hacer una foto o un dibujo, esas cosas, esos pequeños detalles de la vida grabados como Polaroids, no son más que recuerdos de momentos, de experiencias. Cuando leí este párrafo me dí cuenta que eso es una buena comida para mí. Un buen recuerdo. No restaurantes elegantes, no comidas forzosamente exóticas o caras, sino momentos con los que he compartido alimentos e ingredientes con personas increíbles. Incuso cuando hemos cocinado juntos. Sentados a la mesa sin importar si son amigos o familiares, en ese momento son personas alrededor de una parrilla con la grasa chisporroteando sobre las brasas, queso derritiéndose sobre gigantescos portobellos y cebollitas caramelizándose lentamente en una esquina. Si, esos recuerdos son fantásticos, quizá entre los mejores. Seres humanos sentados en una mesa como iguales, adultos y niños, viejos y jóvenes, todos tiene algo que aportar, una historia que contar, una opinión que emitir. No hay, para mí, mejor momento que cuando a todos se nos ha subido un poco el alcohol solo lo suficiente para dejar a un lado los prejuicios, para recordar otros momentos iguales, para reírnos a carcajadas y segur comiendo. Como dijo hace poco Juan Villoro, la comida es una forma de relacionarnos, de expresarnos, de querernos en donde reunirnos para comer sin prisas significa compartir la comida, si, pero también la alegría de estar vivos. 
¿Miserable el hombre que tiene un gran banquete como su más preciado recuerdo? No lo creo. No se que piensen otros, pero yo solo veo una persona que valora los detalles, los sabores, la compañía adecuada en el momento adecuado, la vida en sí misma. Y si eso es ser miserable, yo también quiero ser un hombre miserable.